
Desde que me dedico a la publicidad no dejo de pensar en mi epitafio y no llego a ninguna conclusión. Es lo que tienen estas fechas de noviembre, que hay tanto olor a velas, claveles y limpiacristales que uno anda todo el día con un pie en la tumba sin quererlo. En realidad, los publicistas se dan una vuelta por el cementerio para dos cosas: algunos para ver si su nombre ya está puesto en alguna lápida; otros, para ver si allí roban alguna idea. Molesta saber que uno haya ayudado toda su vida a vender yogures o plantillas para los zapatos y no sea capaz de colocar sobre su tumba una frase redonda y como es debido.
A los muertos lo único que se les puede pedir es consejo, pero por desgracia no lo dan. Tampoco hay folletos de cómo será el Más Allá, ni si será monarquía o república, o si el agobio que tenemos aquí para llegar a fin de mes lo tendremos allí para presenciar en primera fila el fin del mundo. Lo que es cierto es que, hasta ahora, nadie ha conseguido un marketing convincente para que palmarla sea tan apetecible como un caldo de gallina. Menudo reto.
Hay fines de mes que parecen el fin de los tiempos, claro, y las rebajas tienen un aire a la resurrección de los muertos, pero no es lo mismo. Nadie sabe anunciarse bien del todo en vida y se queda siempre con la duda de si habrá dejado algo legible post morten. Los cementerios ya están llenos hasta la fosa común de gente más ocurrente y hasta más muerta que algún publicista, que ha gastado una vida en pensar una frase para ser recordado durante la otra. Y sin conseguirlo.
Vale más encargárselo a un buen publicista, pero compruebe antes que está vivo.
Acabo de leer que Antena 3 ha subido sus audiencias como la espuma gracias a Jesulín de Ubrique. Dicho esto en una agencia de publicidad llena de creativos dispuestos a hallar la piedra filosofal de la comunicación habrá consegido producir una depresión general. Tanto pensar, tanto briefing, tanto insight, tanto claim, tanto ítem, tanto timing… y resulta que para llevarse al catre a la audiencia no hay nada mejor que Jesulín de Ubrique o, en su defecto, su ex mujer, Belén Esteban, esa chica en cuyas arrugas no se pone el sol y de quien apredió gestos la misma mona Chita. Esos dos esperpentos sociales atrapan millones de euros y de espectadores como quien lava, y son, al parecer, los reyes de la creatividad televisiva.